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El descontento de un Santo

  • Foto del escritor: José Luis García
    José Luis García
  • 19 mar
  • 4 Min. de lectura

En una pequeña población, perdida entre campos y caminos polvorientos, existía desde hacía muchos años una profunda tristeza entre sus vecinos. Antiguamente el lugar había tenido un santuario muy querido por todos, pero durante la guerra fue destruido hasta desaparecer casi por completo.


Desde entonces, el pueblo sentía que le faltaba algo importante, como si una parte de su historia hubiera quedado enterrada bajo el paso del tiempo. Pasaron los años, y aquella ausencia seguía siendo motivo de conversación entre los más ancianos, que recordaban con nostalgia el antiguo santuario y las celebraciones que allí se realizaban.


Un día, mientras varios obreros trabajaban excavando un pozo en las afueras del pueblo, sus herramientas chocaron con algo duro bajo la tierra. Al principio, pensaron que se trataba de simples piedras, pero al seguir cavando comenzaron a aparecer restos de muros antiguos, piedras talladas y fragmentos que parecían formar parte de una construcción mucho más grande.


La noticia se extendió rápidamente por el pueblo. Los más mayores acudieron al lugar y, tras observar aquellas ruinas, afirmaron con emoción que, sin duda alguna, aquel había sido el lugar donde se encontraba el antiguo santuario.

La alegría fue enorme. Los vecinos, llenos de ilusión, comenzaron a hablar entre ellos y surgió una idea que todos acogieron con entusiasmo: levantar un nuevo santuario exactamente en el mismo lugar donde había estado el antiguo.


Para hacerlo posible, todos decidieron colaborar. Se organizaron rifas, se recogieron donativos y colectas de las misas, y se destinaron íntegramente a la construcción. Nadie quiso quedarse al margen; cada vecino aportó lo que pudo, ya fuera dinero o materiales.


Así comenzó la edificación. Día tras día el santuario fue tomando forma gracias al esfuerzo de todos. Y entonces, ocurrió algo que nadie esperaba.


Durante una de las excavaciones, entre la tierra y las piedras apareció una antigua imagen de un santo. Esta figura sagrada, había sido un símbolo muy importante para aquel santuario. Encontrarlo, llenó de emoción a todo el pueblo, ya que parecía una señal, como si el pasado hubiese querido regresar. 


Con mucho entusiasmo, los vecinos terminaron la obra en poco tiempo. Cuando el santuario por fin estuvo listo, decidieron celebrarlo con una gran romería para inaugurarlo.


Llegó el día de los preparativos y todo estaba preparado: las flores, los adornos, las velas…Pero al entrar en el santuario para ultimar los detalles, alguien se dio cuenta de algo extraño. La imagen del santo, que había sido colocada con las manos sobre el pecho, ahora tenía uno de los brazos extendido, señalando hacia la derecha del santuario.


El asombro fue general. La noticia corrió por el pueblo como la pólvora y todos acudieron a verlo con incredulidad, algunos pensaron que alguien había movido la figura como una broma.


-        No tiene importancia. -dijeron algunos-. Volvamos a ponerlo en su sitio y asunto arreglado.


Así lo hicieron. Colocaron de nuevo el brazo en su posición original, y todos regresaron a sus casas tranquilos, pensando que todo había quedado resuelto. Sin embargo, a la mañana siguiente, cuando los vecinos regresaron para celebrar la romería, el asombro fue aún mayor que el del día anterior.


El santo volvía a tener el brazo extendido, señalando exactamente hacia el mismo lugar. Cuando los ancianos del pueblo se enteraron, guardaron silencio durante unos instantes. Luego, con la serenidad que dan los años, uno de ellos habló:


-        Esto quiere decir algo –Dijo. –El santo nos está indicando que no quiere estar donde lo hemos colocado ahora.


Todos empezaron a comprender que quizá aquella imagen no estaba señalando por casualidad hacia esa dirección. Tal vez, aún quedaba por descubrir el verdadero lugar donde el santo quería estar. Desde ese día, los vecinos estaban convencidos de que, de algún modo misterioso, todavía les quedaba una parte de la historia por descubrir.


Movidos por la curiosidad y el respeto, algunos ciudadanos del pueblo, decidieron caminar hacia el lugar exacto al que apuntaba el brazo. No estaba muy lejos del nuevo santuario, apenas unos metros, entre unas tierras cubiertas de hierba y piedras antiguas que nadie había prestado demasiada atención. Por lo tanto, comenzaron de nuevo a excavar.


Al principio no parecía haber nada especial, pero al cabo de un rato, sus herramientas volvieron a chocar contra algo duro bajo la tierra. Poco a poco fueron retirando la tierra hasta que apareció una base de piedra mucho más antigua que las ruinas que habían encontrado antes. Se trataba de un antiguo altar.


Los vecinos enseguida comprendieron que aquel era el lugar exacto donde había estado el santuario original, el verdadero corazón del antiguo templo que la guerra había borrado casi por completo. Las primeras ruinas que encontraron solo habían sido una parte de la construcción, pero el santo, con su brazo extendido, había señalado el lugar donde realmente debía volver.


Con emoción y respeto, decidieron trasladar la imagen del santo hasta el punto exacto y colocarla allí.


Dicen los vecinos más mayores que, desde aquel día, la imagen nunca volvió a mover su brazo. Y cada año, cuando celebran la romería, recuerdan aquella historia con mucha fe, convencidos de que, de alguna manera, fue el propio santo quien guio al pueblo para recuperar el lugar que siempre le había pertenecido.


REFLEXION

“A veces el pasado nos guía para encontrar el lugar al que realmente pertenecemos."


FIN

 
 
 

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Sobre mí

La historia de José Luis García es un blog dedicado a compartir las experiencias y vivencias de una persona real, llenas de ejemplos de superación, contadas de forma amena y cercana. Acompáñanos en este viaje lleno de emociones y aprendizaje.

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