Una caja llena de sorpresas
- José Luis García
- 12 mar
- 3 Min. de lectura

Un día llegó un circo a una pequeña población. Los vecinos lo miraban un poco extrañados, pues nunca habían visto nada parecido. Lo primero que hicieron los artistas fue instalar sus carpas y anunciarse por las diferentes calles, proclamando que había llegado a aquella población el circo más maravilloso del mundo, algo nunca visto.
En él actuarían payasos, domadores de animales, trapecistas y, por supuesto, un mago que dejaría a todos maravillados con su caja mágica. La primera función sería el próximo fin de semana.
Los vecinos comentaban entre ellos que no faltarían a la cita, ya que nunca habían visto un circo y querían comprobar con sus propios ojos lo que aquellos artistas eran capaces de hacer. Llegado el día, comenzó la función.
Los primeros en salir fueron los payasos. Sin embargo, todos quedaron desilusionados, eran tan malos que en lugar de hacer reír daban ganas de llorar. Después, llegó la actuación de los trapecistas, aunque fue otro desastre dado que sufrieron varias caídas durante su número. Al ver aquello, los vecinos empezaron a sentirse profundamente decepcionados, aquello no parecía el maravilloso circo que les habían prometido. Entonces apareció el mago.
Traía consigo una caja muy simple y la mostró al público, aunque la gente apenas prestó atención.
- Mirad esta caja. – dijo.
Pero, ¿Qué importancia podía tener una simple caja?
El mago, con una sonrisa pícara que apenas se distinguía bajo un sombrero de copa demasiado grande, levantó ambas manos pidiendo silencio. El público, que ya murmuraba decepcionado, fue callando poco a poco.
- Miren bien. – dijo con voz profunda. -Esta caja no es lo que parece y lo que voy a hacer ahora ninguno de ustedes lo olvidará jamás.
Sacó de su chaqueta un pañuelo rojo brillante y lo mostró a todos lados para que el público pudiera verlo bien. Luego, con un movimiento rápido, lo introdujo por un lado de la caja a través de un pequeño agujero que nadie había notado antes.
La caja era tan sencilla que ni siquiera estaba pintada. Solo se veía madera, algunos clavos oxidados y un cierre metálico que parecía a punto de romperse. Todos esperaban que el mismo pañuelo arrugado saliera por el otro lado, pero no fue así.
De repente, al otro lado de la caja comenzó a salir humo. Primero era fino y blanco, como si alguien hubiera encendido incienso en su interior. Luego se volvió más denso y tomó un color azul eléctrico. Poco a poco empezó a formar figuras en el aire; un pájaro, una estrella, un corazón…que aparecían y se deshacían como si fueran un sueño.
El público abrió los ojos como platos. El mago dio un paso atrás fingiendo sorpresa.
- Miren lo que la caja ha decidido mostrarles.
Entonces, sin que nadie la tocara, la tapa de la caja se levantó sola con un crujido y de su interior salió flotando el pañuelo rojo…Por el contrario, ya no era un simple pañuelo, ahora era enorme, del tamaño de una sábana y ondeaba en el aire como si tuviera vida propia. Giraba, bailaba y cambiaba de color a rojo, verde, amarillo, naranja…hasta volverse completamente transparente. Los niños de primera fila no salían de su asombro y los adultos se miraban unos a otros en silencio.
Cuando la función terminó y el público comenzó a salir de la carpa, todos hablaban a la vez sobre lo que acaban de ver. Nadie podía explicar cómo una caja tan simple había sido capaz de crear algo tan extraordinario.
Un pequeño grupo de vecinos decidió quedarse un momento más cerca del escenario porque querían contemplar la caja desde cerca. Cuando el mago se dio cuenta, sonrió nuevamente bajo su gran sombrero.
- ¿Queréis ver la caja?- preguntó.
Los vecinos asintieron con curiosidad. Por este motivo, el mago la abrió despacio y la mostró por dentro. Estaba completamente vacía, solo había madera vieja y algunos clavos. Los vecinos se miraron entre ellos todavía más confundidos.
- La magia. -dijo el mago con voz tranquila. -No siempre está en los objetos. A veces, está en la forma en la que miramos las cosas.
Dicho esto, cerró la caja y la colocó bajo su brazo. A continuación, apagó la última luz del escenario y desapareció entre las sombras del circo.
Desde aquel día, los vecinos del pueblo nunca volvieron a mirar las cosas simples de la misma manera porque aprendieron que incluso en lo más pequeño y sencillo puede esconderse algo maravilloso.
REFLEXIÓN:
“No debemos juzgar las cosas por su apariencia. A veces, lo más extraordinario se esconde en lo que parece más simple.”
FIN



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