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El bosque prohibido

  • Foto del escritor: José Luis García
    José Luis García
  • 26 feb
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 2 mar


Al sur de Cuenca, junto a la espesura de un gran bosque, se encontraba una pequeña aldea donde sus habitantes vivían en armonía. Distintas generaciones compartían su día a día, ayudándose los unos a los otros y manteniendo vivas las tradiciones del lugar. Sin embargo, aquel bosque cercano siempre había sido un misterio. Los más ancianos contaban historias inquietantes sobre lo que sucedía entre sus árboles, hablaban de sucesos extraños, de sombras en la noche…, incluso de brujas. Por eso, nadie se atrevía a adentrarse a él.


Cada semana, cuando las hogueras nocturnas iluminaban la plaza, un grupo de amigos se reunía para escuchar atentamente los relatos de los mayores. Juan, Antonio, Javier, Luis y Pedro eran jóvenes curiosos y valientes, fascinados por aquellas historias. Lejos de sentir miedo, crecía en ellos las ganas de descubrir la verdad y comprobar por sí mismos si las brujas existían realmente o si todo era fruto de antiguas leyendas.


Una tarde, como de costumbre, los amigos se reunieron en su rincón favorito de la aldea. Era un lugar especial, puesto que había una roca triangular muy peculiar, que no solo llamaba la atención por su forma, sino también por ser la más cercana al bosque encantado.  Desde allí, podían contemplar el lugar que tantos rumores despertaba. Sentados sobre la piedra, intercambiaron miradas cargadas de emoción y curiosidad y, casi sin necesidad de palabras, tomaron una decisión; se acercarían al bosque para descubrir la verdad.


Al adentrarse en el bosque, la espesura de los altos árboles apenas dejaba pasar la luz del sol, por lo que el ambiente se volvió sombrío y frío. El crujir de las ramas, el susurro del viento y los sonidos desconocidos que parecían surgir de todas partes, hicieron que el corazón les latiera con fuerza y los cinco amigos echaron a correr hasta regresar a la roca triangular. Allí, recuperaron el aliento y decidieron idear un plan mejor para volver a intentarlo.


Entonces, se les ocurrió que si las brujas existían quizá podrían hacerse pasar por ellas y así evitar sospechas en caso de encontrarse con alguna. Luis y Pedro, los más valientes del grupo, se ofrecieron para disfrazarse de brujas improvisando sus atuendos con telas oscuras. Los otros tres amigos recogieron ramas, hojas y musgo del suelo para cubrirse el cuerpo y camuflarse entre los árboles y los arbustos. Con el nuevo plan en marcha, se prepararon para adentrarse de nuevo en el misterioso bosque.


Después de un buen rato en el bosque, los amigos divisaron a lo lejos unas cabañas inusuales que destacaban por su apariencia misteriosa. Se ocultaron tras los árboles y, sigilosos, se acercaron al lugar. Finalmente, tuvieron ante ellos a las famosas brujas de las que tanto habían escuchado hablar.


Aunque el miedo les helaba el alma, la curiosidad los impulsaba a seguir adelante. Pedro y Luis, decididos a continuar con su investigación, se adelantaron para hablar con ellas confiando en que gracias a sus disfraces pasarían desapercibidos. Cuando las tenían suficientemente cerca, una de las brujas los miró fijamente y, sin rodeos, preguntó:


-          ¿Quiénes sois vosotras?


Luis, con la voz un poco entrecortada, dijo:


-          Somos brujas. Venimos en busca de compañeras brujas para no estar solas.  


-          ¡Ah, genial! –Dijo una de ellas. – Venid con nosotras, esta noche hay luna llena y celebramos nuestro aquelarre.

 

Luis y Pedro se miraron asustados, pero aun así se marcharon con las brujas. Los otros tres amigos los siguieron a escondidas. Las brujas, por más disfraces que llevaran, los habían descubierto desde la primera palabra que pronunciaron. Por el contrario, decidieron fingir que no se habían dado cuenta para darles una pequeña lección.

 

Organizaron entonces una reunión de brujas, lo que llamaban aquelarre, y comenzaron a recitar conjuros y a entonar misteriosas oraciones con la intención de asustarlos.

 

Luis y Pedro comenzaron a temblar cuando el cielo se empezó a cubrir de nubes y los truenos y relámpagos estallaban mientras ellas recitaban sus oraciones. Asustados, se agacharon, se abrazaron y rompieron a llorar suplicándoles que no les hicieran daño. Los otros tres amigos, que permanecían escondidos, salieron en su ayuda y se quedaron junto a ellos.

 

De repente, las brujas interrumpieron sus oraciones y comenzaron a reír. Los muchachos, desconcertados, no entendían qué estaba ocurriendo hasta que una de ellas habló:


-          Chicos, no temáis. No vamos a haceros daño. Solo queríamos daros una pequeña lección porque nos habéis mentido, no sois brujas.

-          Entonces... ¿no sois brujas? –Preguntó Pedro.


-          Sí, lo somos. Tenemos poderes mágicos y curativos, pese a que no hacemos daño a nadie. – Dijo con la ceja levantada.


-          Nosotros creíamos que sí, en nuestra aldea cuentan historias tenebrosas de este bosque y sobre vosotras.


-          Lo sabemos. –Dijo otra de ellas. – Son solo leyendas antiguas, pero por eso nos refugiamos aquí. Hace mucho tiempo, por poseer estos dones, nos temían y no nos permitían ayudar y convivir con la gente, nos encerraban e incluso nos mataban.


Los chicos no podían creer lo que oían, era horrible. No obstante, escuchaban atentamente lo que ellas decían.


-          No sabíamos nada. – Dijo Javier. – Venid con nosotros a la aldea, contaremos la verdad a nuestros vecinos. Así, podréis salir de este bosque y convivir por fin con los demás.


-          Nadie os va a creer y, seguramente, nos encerrarán para siempre, si no es algo peor… - dijo otra de ellas.


-          No lo permitiremos. Os ayudaremos. – dijo Juan.


Por consiguiente, las brujas y los cinco amigos se dirigieron a la aldea para hablar con el pueblo. Aquella noche se celebraban las hogueras y todos los vecinos estaban reunidos en la plaza. Al verles llegar, se alzaron gritos de miedo entre la multitud, aunque los chicos se adelantaron para tranquilizar a todos.


-          ¡No temáis! - dijeron-. Las brujas no son como cuentan las leyendas. Son buenas y utilizan sus poderes para trabajar y curar. Pueden ayudarnos a mejorar, a cuidar de nuestros enfermos y a construir un futuro mejor.

 

Poco a poco, el alboroto fue cesando y el pueblo comenzó a escuchar. Esa noche, decidieron darles una oportunidad y las brujas comenzaron a vivir junto a los aldeanos.

 

Durante mucho tiempo, muchos temían a las brujas, creyendo que su magia traería problemas. Sin embargo, quienes se acercaban a ellas descubrían que su conocimiento podía ser una bendición. Con hierbas y pociones curaban enfermedades y aliviaban dolores que ningún médico podía tratar. Sus hechizos protegían los cultivos de plagas y sequías, asegurando que la aldea nunca careciera de alimento.

 

Más allá de la tierra y la salud, las brujas guiaban a la gente con su sabiduría; predecían peligros, ofrecían consejos en tiempos de conflicto y enseñaban a vivir en armonía con la naturaleza. Gracias a ellas, los aldeanos aprendieron a valorar aspectos que nunca hubiesen hecho. Lo que al principio parecía temor, se transformó en respeto y la magia de las brujas se volvió un lazo vital que mantenía la aldea unida y protegida.

 

Las brujas ya formaban parte de la comunidad y los cinco amigos se sintieron inmensamente felices, ya que gracias a su valentía lograron unir a dos mundos que habían estado separados durante generaciones por miedo y desconfianza.

 

REFLEXIÓN:

“No juzgues por lo que ves ni por lo que otros dicen; las apariencias engañan”.


FIN

 

 
 
 

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La historia de José Luis García es un blog dedicado a compartir las experiencias y vivencias de una persona real, llenas de ejemplos de superación, contadas de forma amena y cercana. Acompáñanos en este viaje lleno de emociones y aprendizaje.

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