El Milagro del Perdón
- José Luis García
- hace 3 horas
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Nunca olvidaré aquella Semana Santa en mi pueblo, Bolaños de Calatrava. Para mucha gente puede ser solo una tradición más, pero para mí siempre ha tenido algo especial. Es ese momento del año en el que el tiempo parece ir más despacio, las calles se quedan en silencio y todo se siente de una forma más intensa.
En mi casa, la Semana Santa empieza mucho antes de que salgan las procesiones. Empieza en el salón, con mi madre, Anselma, sacando las telas y preparando mi túnica morada de nazareno. Lleva haciéndolo desde que era pequeño y, aunque hoy en día podría comprarla hecha, ella insiste en que no sería lo mismo.
—Esto no es solo un traje —me repite cada año—, esto es tradición.
Y yo la dejo hacer, porque en el fondo sé que tiene razón.
Aquel año, mientras me probaba la túnica frente al espejo, no sentía la ilusión de siempre. Había una inquietud que no lograba quitarme de encima: David, mi mejor amigo desde la infancia. Bueno… lo era.
Todo empezó por una tontería, una discusión sin importancia. Pero los dos fuimos demasiado orgullosos para ceder, y sin darnos cuenta dejamos de hablarnos. Al principio pensé que se pasaría, que sería algo temporal, pero no fue así.
Para mí, la Semana Santa va mucho más allá de las procesiones, las túnicas o el sonido de los tambores. Es un tiempo para mirar hacia dentro, para revisar lo que llevamos en el corazón. A veces creemos que la fe está solo en lo que se ve por fuera, pero en realidad nace de lo que sentimos y de cómo actuamos.
Lo peor de todo, era que ambos pertenecíamos a la Hermandad de Jesús de Nazareno desde pequeños. Por eso, aquel año, al ponerme la túnica, algo dentro de mí no encajaba. Sabía que, estando enfadado con mi amigo, no estaba viviendo de verdad aquello que tan especial era para nosotros.
Llegó el día de la procesión. El pueblo, como cada año, estaba en silencio, roto únicamente por el sonido grave de los tambores. Me puse la túnica, me cubrí el rostro y salí de casa. Antes de irme, mi madre me miró con calma y me dijo:
—A veces hay que dar el primer paso.
No respondí, pero sabía perfectamente a qué se refería.
Al llegar a la iglesia, lo vi unas filas por delante, y sentí de nuevo ese nudo en el estómago. Se abrieron las puertas y comenzamos a caminar.
Intenté concentrarme, pero no podía. Con cada paso me asaltaban los recuerdos: nosotros de pequeños, jugando en la calle, riéndonos por cualquier cosa, preparándonos para la procesión mientras mi madre nos regañaba porque no parábamos quietos. Éramos inseparables… y ahora, parecía que ni siquiera nos conociéramos.
La procesión avanzaba despacio, envuelta en silencio y tambores. Y yo no dejaba de pensar que aquello no tenía sentido. Aun así, no me atrevía a hacer nada.
Entonces, en una calle estrecha, ocurrió algo inesperado. Uno de los nazarenos de delante, tropezó levemente y se produjo un pequeño parón. Nada grave, pero suficiente para descolocar a todos. En ese instante, choqué con alguien y se le cayó la vela. Cuando se agachó a recogerla y levantó la mirada… era David.
Nos quedamos unos segundos en silencio. Y, sin saber muy bien por qué, solté:
—Siempre igual, macho… no sabes andar recto.
Él no pudo evitar reírse.
—Mira quién habla —respondió—, si eras tú el que siempre se tropezaba de pequeño.
Y ya está. Así, sin más, después de meses sin hablarnos… estábamos riéndonos. En ese momento se rompió todo: el enfado, el orgullo, la distancia. Todo desapareció.
—Te echo de menos —le dije, esta vez en serio.
Él asintió y dijo:
—Yo también. Menuda tontería lo nuestro…
—Ya ves. –Dije.
Nos miramos un instante y, casi al mismo tiempo, dijimos:
—Perdóname.
Y volvimos a reír.
Nos recolocamos y continuamos la procesión, pero algo había cambiado.
Aquella noche entendí algo importante: El perdón es un acto de amor. Es ir al pasado y volver sano y salvo. ¡Qué difícil, pero a la vez que importante! No es una tarea fácil, pero nos vuelve más humildes, más empáticos y más humanos.
La fe da sentido a lo que hacemos. Saber perdonar, es dejar el orgullo a un lado, en no perder a quienes te importan por cosas sin importancia. Porque al final, lo nuestro se arregló por algo tan simple como un tropiezo…y una risa.
Desde entonces, cada vez que salgo en la procesión, recuerdo ese momento y pienso que, a veces, el mayor milagro no es algo grandioso ni espectacular. A veces, es tan sencillo como volver a hablar con alguien.
REFLEXIÓN
"A veces, la verdadera fe no está en lo que mostramos por fuera, sino en lo que somos capaces de sanar por dentro".
FIN



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