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La cascada que olvidó envejecer

  • Foto del escritor: José Luis García
    José Luis García
  • 12 feb
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 16 feb


Era una mañana de primavera, Alberto y Juana se disponían a dar su paseo diario en la madrugada. Ellos eran una pareja de campesinos que vivían en una montaña cerca de un pueblo, en una zona donde cultivaban su huerto y tenían animales. Durante el paseo, decidieron cambiar de ruta y descubrir nuevas zonas.

Alberto, que se desvió hacía unas rocas bastante llamativas, se dio cuenta de que había una cueva.


-          ¡Juana corre, mira lo que hay aquí! –Dijo Alberto.


Al entrar en la pequeña cueva, se quedaron impresionados. Había una cascada y caía del interior de las rocas agua limpia y cristalina. Nunca jamás habían visto un agua tan transparente, tenía incluso un color verde turquesa, que resplandecía con la luz del sol que entraba entre las grietas. Las rocas firmes y antiguas, junto con el árbol erguido, brindaban al lugar una belleza armoniosa y natural.


-          Qué regalo de la naturaleza. –Dijo Juana.


-          Llevas razón Juana, la naturaleza es impresionante. – Dijo Alberto.


Entonces, Alberto quiso probar el agua, pero Juana le dijo que no rápidamente:


-          Alberto, no sabes si esta agua es buena o no.


-          ¿Cómo no va a ser buena? Si mira el aspecto que tiene. –Dijo su marido.


-          Vale, vamos a probar si está buena. – Le respondió Juana.


La pareja se dispuso a probar el agua para comprobar si era agua potable.  Tras darle un sorbo, se miraron asombrados los dos. El agua estaba buenísima y daban ganas de beberse litros y litros. Entonces, Juana y Alberto decidieron regresar a casa y coger jarras para rellenarlas.


Tras unos días, la pareja se notaba distinta, tenían mucha energía y su forma física había cambiado. Las canas de Alberto habían desaparecido, las arrugas de Juana, ahora, eran líneas de expresión suaves, y su cabello estaba más brillante y sedoso que nunca. Se puede decir que los dos habían rejuvenecido.

-          ¡Alberto, no puedo creer lo que ven mis ojos! Tengo el pelo largo y fuerte y las arrugas que tanto odio han desaparecido. Tengo la piel tersa.  – Dijo Juana.


-          ¡Yo tampoco puedo creerlo Juana! Mis canas ahora tienen un color marrón oscuro y, al igual que antes, aguanto horas trabajando al duro sol sin cansarme y tengo más fuerza. No sé que está pasando, pero estamos cambiando desde que bebemos el agua de aquella cascada. – Dijo Alberto.


-          ¡Llevas razón Alberto, esto tiene que ver con el agua de la cascada! Debemos ir a por más. –Exclamó Juana.


-          No se lo podemos decir a nadie, porque si lo hacemos nos quitarán el agua y volveremos a envejecer. Así, nosotros nos mantendremos sanos y fuertes siempre.


A la mañana siguiente, el matrimonio se dispuso a bajar al pueblo a hacer unas compras. La gente de allí, que los conocía, estaban impresionados al verles, ya que estaban mejor que nunca.


-          ¡Pero bueno chicos, que bien os mantenéis! Decidme vuestro secreto, estas últimas veces que habéis bajado al pueblo os noto más rejuvenecidos. – Dijo Manuela, que era una vecina y amiga suya de toda la vida.


-          La montaña y el trabajo nos hace conservarnos bien Manuela. – Dijo Juana.


-          Sí querida amiga, nunca estamos parados. Nos cuidamos bien. – Dijo Alberto.


-          ¡Pues voy a tener que ir a trabajar al campo como vosotros! Trabajar en una tienda de alimentos me hace más vieja. – Les contestó convencida Manuela.


Al regresar a casa, cogieron más jarras para volver a la cascada y rellenarlas de su querida agua tan milagrosa. Al llegar a la cueva, se dieron cuenta de que el agua de la cascada salía con menos fuerza y había disminuido mucho su cantidad.


-          ¡Alberto, no sale apenas agua de la cascada! ¿Ahora qué hacemos? – dijo Juana preocupada.


-          No sé qué ha podido ocurrir. Tendremos que venir con menos frecuencia para no gastarla. – Respondió Alberto.


Entonces recogieron solamente una jarra de las que llevaban encima y regresaron a casa. A la mañana siguiente, Alberto se despertó otra vez con un montón de canas y a Juana le habían vuelto a aparecer esas arrugas que tanto odiaba. Por este motivo, decidieron ir rápidamente a por más agua, sin pensar en que la cascada estaba casi seca. Solo querían verse más jóvenes.


Al llegar, empezaron desesperadamente a recoger la poca agua que quedaba y, de repente, apareció una anciana que les dijo:


-         Como sigáis cogiendo más agua la dejaréis seca. – Dijo una voz a lo lejos de la cueva.


Juana y Alberto se detuvieron y comenzaron a mirar por todos lados para ver de quien se trataba. En este momento la anciana se acercó a ellos.


-          Hola señora, solo queríamos recoger agua para beber. – Le contestó Juana.


-          ¿Seguro que solo es por beber agua? La montaña está llena de lagos y ríos caudalosos y aquí apenas queda agua. – Pregunto la anciana.


-          Es que esta cueva se encuentra cerca de nuestra casa y siempre venimos aquí a recogerla. –Puso de excusa Alberto.


-          Y porque es mágica. – Dijo entre risas la anciana. – Habéis venido porque tras beber el agua habéis rejuvenecido.


Juana que ya no podía aguantarse más dijo:


-          Llevas razón señora…, encontramos esta cueva y empezamos a beber de su agua y rejuvenecimos. Nos encantaba la sensación de volver a ser jóvenes y de tener esa vitalidad y ya no pudimos parar de venir.


-          Ya lo sé querida, se que esta cascada es mágica, yo también la he probado. Sin embargo, debido a vuestro egoísmo y no querer compartir esta agua con los demás sus poderes han desaparecido.  – Dijo seria la anciana.


-          Lo sentimos mucho ¿Qué podemos hacer para que la cascada recupere su magia?

–Preguntó Alberto.


La anciana con brillo en los ojos, les contestó:

-          Debéis hacer un acto de bondad.


Juana y Alberto se dieron cuenta de que habían actuado de manera egoísta. Aceptar la vejez es comprender que cada etapa de la vida tiene su propio valor y belleza. Envejecer es aprender a mirarse con cariño y agradecer lo vivido y, que compartir es amar.


Por lo tanto, decidieron llevar el agua que conservaban de otras veces al hospital del pueblo. El agua de la cascada no curó enfermedades, pero si ayudó a la salud de los ancianos más enfermos. Gracias al agua se volvían sanos y fuertes, y sus cuerpos soportaban con mayor fortaleza las enfermedades, como si fuesen jóvenes.


El agua de la cascada volvió a salir con fuerza y recuperó su magia. Por consiguiente, entendieron que solo usarían esa agua para ayudar a las personas que lo necesitaran, pues los dones recibidos deben ser compartidos.


REFLEXIÓN:

“Compartir es un acto sencillo que nace del corazón, pero tiene un impacto profundo en la vida de los demás”


FIN

 

 
 
 

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La historia de José Luis García es un blog dedicado a compartir las experiencias y vivencias de una persona real, llenas de ejemplos de superación, contadas de forma amena y cercana. Acompáñanos en este viaje lleno de emociones y aprendizaje.

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