La inquilina
- José Luis García
- 28 oct 2025
- 2 Min. de lectura

Todos en el barrio hablaban de una casa abandonada a las afueras de la ciudad. Era una construcción vieja con las ventanas rotas y las paredes cubiertas de hiedra. Nadie vivía allí desde hacía más de veinte años, pero muchos aseguraban que se escuchaban ruidos extraños por las noches: crujidos leves, pasos sobre hojas secas, golpes o sonidos que no parecían del viento.
Una tarde, Manuel y sus amigos estaban reunidos en el parque contando historias de miedo porque se acercaba Halloween y entre risas, uno de ellos le dijo a Manuel:
-¿A qué no te atreves a entrar en la casa abandonada?
Manuel se quedó pensando, pero no quería parecer cobarde, así que aceptó la apuesta. Únicamente tenía que entrar, grabar un vídeo y salir. Era fácil, o eso pensó…
Al anochecer fueron hasta la casa. La puerta estaba entreabierta y cada paso que daba hacía crujir el suelo. Manuel comenzó a sentir mucho miedo, encendió la linterna del móvil y empezó a grabar.
Las paredes estaban llenas de retratos antiguos con mucho polvo. Uno de ellos mostraba a una mujer vestida de negro y con una expresión muy seria. A Manuel le pareció que sus ojos le seguían a donde él fuera, intentaba ignorarlo, pero la sensación de que alguien le estaba observando era cada vez más intensa y fuerte.
De pronto, la puerta de detrás de él se cerró con un golpe. Manuel les gritó a sus amigos lleno de miedo:
-¡Chicos ya basta, abrid la puerta!
Pero nadie respondió. Solo se escuchó un leve susurro, como si alguien murmuraba su nombre desde el piso de arriba:
-Manueeel…
El corazón le empezó a latir muy rápido. Subió las escaleras despacio, con la luz del móvil temblando en su mano y en el pasillo encontró una habitación con un espejo roto, se acercó y en el reflejo observó claramente a la mujer del retrato detrás de él sonriendo.
Se giró de golpe, pero no había nadie. El espejo se agrietó un poco más y la luz del móvil empezaba a parpadear. Sin pensarlo, Manuel salió corriendo, bajó las escaleras y empujó la puerta para salir fuera.
Cuando se dio la vuelta para mirar a la casa, una luz blanca se encendió en el segundo piso. En la oscuridad, la misma figura lo observaba. La luz se apagó de repente y todo volvió a quedar en silencio.
Manuel nunca contó exactamente lo que vivió esa noche, pero desde entonces, evita pasar por ese camino. Dice que, a veces, al caer la noche, todavía siente que alguien le llama por su nombre.
REFLEXIÓN:
“No debemos aparentar ser algo que no somos, si no nos atrevemos o incluso no queremos hacer algo, no tenemos que dejarnos influenciar por lo que digan en nuestro alrededor”.
FIN



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